Cantina a media luz, 20 de noviembre del 25. Todavía apesta a gas lacrimógeno y a la misma mierda de siempre.
Cantina a media luz, 20 de
noviembre del 25. Todavía apesta a gas lacrimógeno y a la misma mierda de
siempre.
El sábado 15 la calle se llenó.
No solo morros de la Gen Z con hoodies y celulares; había madres, abuelos,
campesinos, oficinistas sin corbata. Desde el Ángel hasta el Zócalo y en cada
plaza del país, hasta en las de los migrantes que miran desde lejos con el
corazón hecho nudo. La bandera más honesta fue una de One Piece, porque los
chavos ya no creen en héroes de traje; prefieren a un pirata de caricatura que
al menos cumple.
La mecha fue Carlos Manzo,
alcalde de Uruapan, baleado en plena fiesta de Día de Muertos mientras se
tomaba selfies con niños disfrazados. Lo grabaron en vivo, como si fuera
contenido para TikTok. Ahí se rompió algo que ya venía quebrado desde hace
décadas.
Pero no nos hagamos pendejos:
este cáncer es tan viejo como el peor whisky que han destilado los gobiernos
corruptos desde que México es México. El PRI lo alimentó setenta años, el PAN
lo maquilló doce, todos los partidos lo han usado para seguir mamando mientras
la gente se muere en la calle.
Y ahora vienen los mismos, los
mismos empresarios que se llenaban los bolsillos con contratos leoninos, a
rasgarse las vestiduras como rameras de burdel barato, que descubren la moral
cuando ya no hay cliente que pague. Gritan “¡Fuera Morena!”, “¡Fuera Claudia!”,
como si ellos no hubieran dejado el país hecho mierda cuando les tocó el turno.
La marcha arrancó pacífica, con
himnos roncos y pancartas escritas con plumón barato. Pero cuando llegaron al
Zócalo y vieron las vallas protegidas como fortaleza, alguien tiró la primera
piedra. Luego los cohetes, los gases, los macanazos. Ciento veinte heridos,
sangre en el asfalto. La misma película de siempre.
Y mientras tanto, los males de
fondo siguen pudriéndose:
Millones de perros callejeros que
nadie recoge, reflejo exacto de un país que abandona lo que quiso querer.
Morros que ya no fuman tabaco
común —bajó a menos del 4 %—, pero chupan vapeadores de sabores como si fueran
dulces, empezando a los doce porque nadie les para el carro.
El medio ambiente que se nos va
en ríos muertos y aire que quema mientras los planes al 2035 suenan bonito y
nadie paga la cuenta.
Todo eso estaba en los gritos. Y
también estaba la manipulación, claro. Siempre está. Buitres del PAN y del PRI
azuzando, empresarios resentidos poniendo varo, bots inflando la cosa. Pero
reducirlo todo a eso es de cínico o de idiota. Porque la rabia era real. El
cansancio era real. El miedo era real.
Al final, México es esto: un país
que se desangra despacio mientras unos gritan consignas pagadas y otros gritan
porque ya no les queda otra. Un país donde los jóvenes prefieren piratas de
anime antes que políticos de traje. Un país donde la calle arde y los palacios
se encierran detrás de vallas y gas.
Aquí estamos, bebiendo otro trago
del mismo whisky podrido que nos sirven desde hace un siglo, mirando el fondo
del vaso, preguntándonos si mañana será distinto o si repetiremos la misma
borrachera.
Salud, México. Aunque nos duela
la cruda. Aunque sepamos que la botella nunca se acaba.

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